Properties5

rw-book-cover


La idea de una “monarquía digital” resume perfectamente la síntesis de lo más viejo y lo más nuevo: si la democracia no funciona, volvamos a la dictadura; si solo funcionan las empresas capitalistas, pongamos el poder, sin mediaciones políticas ni restricciones, en manos de los que las gestionan. Los valores del antiguo régimen, pues, junto a la libertad sin límites, muy antisistema, para creer en cualquier cosa y vivir contra el otro: promesas apocalípticas, negacionismo “revolucionario”, felicidad virtual; un rey viejo y divertido que frena a las abortistas, los homosexuales y las feministas, rodeado de una corte de ricos soñadores libertarianos, rebeldes contra las leyes humanas y provistos de los medios para hacer realidad sus fantasías.


La izquierda, lo he dicho otras veces, ha perdido la lucha de clases y la batalla cultural: no ha sabido ser ni lo bastante vieja ni lo bastante nueva para convencer a las mayorías sociales. La batalla ideológico-material, por su parte, la ha ganado ya China, vanguardia del autoritarismo tecnológico, cuyo poder centralizado y discreto le proporciona dos ventajas frente a EEUU: la de no depender de una oligarquía desinhibida y fantasiosa para crecer económicamente y la de no estar desprestigiada frente al Sur Global.


Hace unas semanas vi una interesante película del muy recomendable director mauritano Abderrahmane Sisako, Te negro, en la que se cuenta la historia de amor entre un chino pudiente de Guanghzou (Cantón) y una inmigrante africana de Costa de Marfil. Es una película, por así decirlo, suave, tranquila, relajada; el espectador se deja acunar dulcemente hasta que de pronto repara en que esta apacibilidad civilizada está asociada a una ausencia clamorosa: en la película, en efecto, no sale ni un solo hombre blanco. Este parece ser uno de los mensajes laterales de la obra: basta eliminar a los occidentales para que la historia se desacelere y las relaciones interculturales se pacifiquen.